miércoles, 27 de mayo de 2009

de regreso II

La ausencia siempre ha tenido justificaciones. Excusas, relatos, nombres y hasta rincones...
la ausencia justificada, la presencia injustificada... el trabajo, los amigos, la noche, el sueño.
Me fui de viaje, un viaje largo, extraño, interesante, y por primera vez -creo haber mencionado esta frase en el último tiempo demasiadas veces... cuánto es demasiado?- no estuve ausente en él. Me reencontré con mi oficio, el de escritora, observadora, cantante desafinada, bailarina sin zapatos, amante de lunas coquetas, aguardientera... y encontré en medio de la limpieza, este texto, que les dejo:

La tristeza. Me siento en la cama, después de una noche tranquila, sin sueños, sin interrupciones, sin llanto, y veo delante de mí 24 horas por una vez, muchas más después. 24 horas que en la mañana parecen vacías, sin un horario que cumplir, sin citas extrañas ni deudas pendientes. Sólo compromisos preestablecidos mucho antes, a la hora de inscribirme en la universidad, sólo responsabilidades, inventadas, para ver como se mejora esta vida, este mundo.

Pero en el momento, sólo silencios que rondan el aire. Noticias que van y vienen, volviendo de algún lejano país desconocido, aromas que despiertan los ojos, humo que naufraga en el cuerpo, sin intentar escapar. Y la mañana comienza, alrededor del periódico, acompañada por el café y el cigarrillo del desayuno. Un nuevo día comienza, de manera normal, lo que augura un día normal, sin complicaciones, sin mayores novedades que la compañía del almuerzo, o el resultado de un examen.

La tristeza: un vacío profundo en el pecho, un zumbido de imágenes en la cabeza, una pesadez en el corazón. Pies de plomo, respiración mínima... No, esos no son síntomas de la tristeza.

La tristeza es simplemente un vacío profundo que no deja lugar a otras emociones. Carcome el tiempo y lo vuelve inútil, llenando de silencios las fiestas más animadas. Destroza las acciones, deconstruye las ideas. Destruye el presente impregnándolo de recuerdos de otros días, cuando el sol brillaba y la luna se veía.

Y pone triste, borra el brillo, cambia el estado de ánimo, el ritmo de la risa, la vida. Ahoga, agota, agobia.

Y si se queda adentro, se multiplica, se vuelve más grande, más profunda, irriga el cuerpo entero, viaja por la sangre, irrumpe en el ser.

Y explota.

Algún día, antes del desayuno, salta por todos los poros y abre grietas en la piel de la fuerza con la que sale. Y en la ducha, en un segundo, en varios minutos, se disuelve en el agua y es arrastrada junto con el sudor y los vestigios del día anterior. Hacia abajo, por debajo de la ciudad, lejos de ti, lejos de mí, dejándose olvidar...


¿Explota por sí misma, la tristeza? Explota cuando es tanta, y tan fuerte, que no le queda espacio dentro del cuerpo

3 comentarios:

  1. a lo mejor explota hacia dentro, pero si la encontraste abandonada, es que caducó, y es mejor

    ResponderEliminar
  2. Pedro: el ánimo está arriba, en el árbol de mango del que no me quiero bajar... subo para saltar!

    Manuel: la tristeza explota... sí... como dice a veces un amigo, que implota, sin ruido, ardiendo, y se va con el agua de la ducha, y se va por debajo de ti, y se va, simplemente... ¿Aparecerá -parecerá- melancolía?

    ResponderEliminar

Pisadas