Todo empezó una tarde, o una mañana quizás fuera una noche de vino y cigarrillo. Todo empezó como suelen empezar las cosas, con un par de palabras y unos cuantos pensamientos. Decimos que empezó, cuando realmente y apesar de lo que digan los maestros, nunca se puede saber el momento exacto en el que comienzan las cosas... a veces se sabe cuando terminan.
Pero el hecho es que en un momento nada exacto en el pensamiento, las cosas se fueron dando, los pensamiento fueron tomando formas menos borrosas a pesar del vino o de los cigarrillos, y las palabras esclarecieron en la tarde, o en la mañana brumosa de esta ciudad. Y en medio de tanta charla, decidí -en realidad decidimos, yo y las otras iguales- seguir adelante a pesar de la apariencia nada excitante de las condiciones, siempre objetivas.
Dejar todo como está, ni de lado ni atrás, simplemente dejar las cosas como están, y seguir, sea en el camino prefigurado, sea en el camino encontrado.
(Y bueno, esto puede sonar nuevamente a diario de adolescente rosa (y es probable que quien lo escriba lo sea), pero intentaremos darle un giro drástico a la historia para alejarnos del bolsillo en el que viajan las palabras adecuadas para los momentos de crisis.)
Creo que el inicio iba bien, es decir, la cosa comenzó bien en su momento, a pesar de que el título siguió en el segundo renglón, olvidándose del tango completo, olvidando que antes que amar, hay que saber sufrir
supongo que para recibir todo en vacío
pero bueno, este es apenas el principio...
El hecho es que la cosa empezó, siguiendo un curso extraño. Estaba yo sentada en medio de palabras y rodeada de sueños, cuando se me escapa un bostezo y éste sin esconderse antes de que las miradas se dieran cuenta, le dio un bofetazo al aire para contarle que estaba ya aburrido de tanta parsimonia. Y sin saber muy bien de que se trataba el asunto, salió como si tal cosa, abofeteando y chillando para largarse sin mirar hacia atrás… y dejar en el espacio un sinsabor de vacío. Tal cual.
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